El llamamiento es real cuando el creyente tiene una verdadera comunión con Cristo. Esta comunión demanda, sin embargo, una vida de santidad en la cual el cristiano es, en cuerpo y alma, conformado a la imagen del Hijo de Dios (Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. Rom 8:29).

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